Cuando las cuentas no cuadran

Sentada en el otro lado de la gran mesa de roble, de aquel despacho, en el fondo de la trastienda, para que me enseñara contabilidad, mi padre me enseñó que nada va solo. Cada partida tiene su contrapartida.

Con el paso de los años, me he dado cuenta de que no solo hablaba de números.

Cuando algo nos pasa, solo registramos una parte. Nos centramos en el golpe, la pérdida, aquello que sale mal. Damos por hecho que eso es todo lo que hay.

Pero en la vida, como en un libro mayor, cada hecho se apunta dos veces: una por lo que ocurre y otra por lo que significa para nosotros.

No somos iguales. El filtro es distinto. Y único.

Como decía mi padre, cuando hay un descuadre, algo sobra o falta.

Ante un mismo problema dos personas pueden actuar de distinta manera. Incluso nosotros mismos podemos interpretar una misma adversidad según el momento que estemos viviendo.

Nuestras experiencias, emociones y cultura influyen en cómo interpretamos lo que nos ocurre y cómo reaccionamos ante ello.

Esto no significa que algunas personas estén exentas de dificultades, sino que cada una las afronta desde su propia perspectiva.

A veces, no necesitamos cambiar lo que tenemos delante, simplemente el lugar desde donde lo miramos.

Y sí, el miedo aparece y hace que nos echemos atrás, que desistamos de nuestro propósito. Pero antes de rendirnos, podemos aceptar lo que sentimos. Tomar distancia y mirar el problema desde otra perspectiva. O dividirlo e ir paso a paso priorizando aquello de mayor importancia.

Mi padre me enseñó contabilidad. La vida me enseñó a interpretar sus balances.

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