Deja que la música vuelva
La casa se había quedado en silencio.
Él, como siempre, se había ido a la vieja taberna de Luis, donde se mofarían de todo y de todos lo que pasara por la puerta, y se les saldrían los ojos de las órbitas al ver pasar a las chiquillas que bajaban al parque a tomar el fresco cada tarde.
Tal como lo había planeado, Anita y Jorge pasarían el día en casa de sus primos. Costó convencerlos, pero al final cedieron. En estos días de calor insoportable, una piscina, por pequeña que sea, y el simple hecho de salir de este infierno, es motivo de fiesta para ellos.
Desde que a él se le acabara el contrato como director de la banda municipal, hace ya casi ocho meses, todo ha sido una pesadilla.
Un mal sueño del que ella no sabe cómo despertar.
No encuentra el momento exacto en que él se rindió.
En que la melodía del piano se convirtió en un tempo de gritos y puñetazos.
No sabe cuándo aquellas partituras que, quince años atrás, llenaron con notas de cariño, sueños y amor, se quedaron vacías. Silenciosas.
Recuerda que todo empezó con unos celos absurdos por sus clases de música en el colegio.
Después vino el primer bofetón, tras el pequeño teatro musical con los niños de primaria.
Y luego la prohibición tajante: ¡en casa no se oiría música, ninguna!
A partir de entonces, ella, sus hijos… incluso él, vivían envueltos en una melodía amarga de silencios, desesperación y golpes sordos.
Él encontró su válvula de escape en la taberna.
Ella refugió a sus hijos entre los juegos y las risas de sus primos.
Y aunque su hermana sabía de miedos y llantos, ella se sentía sola. Indefensa.
Atrapada en un ritmo nuevo, desconocido, demasiado doloroso.
Ahora, en el silencio espeso de la casa, sentada a los pies de la cama, magullada por los estragos de la última discusión, se pregunta si su decisión era la correcta.
Entonces, un sonido.
Un «ping» de WhatsApp.
Y en lo más profundo de su corazón, algo volvió a sonar.
—No lo dudes. Estamos contigo —escribía su hermana―. Abre la puerta. Deja que la música vuelva.
El mensaje venía acompañado de un enlace de YouTube:
«La puerta violeta» de Rozalén.
No lo dudó.
Metió algo de ropa en un macuto. Lo justo para ella y para los niños.
Decidió que ellos merecían alegría, merecían libertad, merecían música.
Antes de subir al coche que los llevaría unos días hasta el mar, escribió una nota y la dejó sobre el piano polvoriento:
«Deja que la música vuelva a tu corazón».
