Paz

PAZ

“Espero encontrar flores cuando regrese”. Esbozó una sonrisa al ver el emoticono guiñando un ojo y con la lengua fuera que acompañaba a la frase.   

Habían sido meses muy duros desde que, sin dudarlo, se subió al avión de Manos Unidas que en la media noche del 1 de marzo lo llevó a la frontera entre Polonia y Ucrania dejando todo atrás. Incluso a ella.

Desde entonces, Francisco, no renunciaba amandarle ni un solo día Whatsapps a Gloria, con la esperanza de que le perdonase y entendiera que su vocación de servicio hacia todo aquel que lo necesitara era casi tan fuerte como su amor por ella.

Mientras volaba desde Varsovia a Madrid no dejó de pensar en todo lo que lucharon por estar juntos. En como sintió que dio la espalda a su familia e incluso a Dios por haberse salido del seminario, al quedar prendado de Gloria, una chica que buscó consuelo en su fe tras la muerte de sus padres. Y en como consiguieron empezar una vida en común en un pequeño piso en Parla: ella en el supermercado; él a veces de albañil, otras de fontanero. Siempre ayudando a quien lo necesitaba, tratando de hacer las paces con un pasado que, a veces, extrañaba.

En el autobús que lo llevaba a casa suspiró aliviado, sabiendo que en los últimos siete meses había logrado que Gloria respondiera a sus llamadas y mensajes, tras casi uno de silencio.

No obtuvo respuesta a aquel último mensaje, pensó tembloroso al meter la llave en la cerradura de la que esperaba que aún fuera su casa.

Todo estaba oscuro y en silencio. Dejó el petate y comprobó que el piso se encontraba como cuando se fue aquella noche.

Supuso que Gloria aún estaría en el supermercado y se extrañó al ver cerrado el cuarto donde solía dejar la ropa al llegar de trabajar.

Al abrirlo, sus ojos se inundaron de lágrimas. Una preciosa habitación rosa con una cunita en el medio, se presentaban frente a él. Sobre la cómoda, un ramo de flores y una tarjeta: “Bienvenido a casa, papá”.

Sintió una presencia a su espalda y al volverse, Gloria, más guapa que nunca, acunaba en sus brazos a la pequeña Paz.

Mientras se abrazaban y lloraban en silencio Francisco consiguió decir entre sollozos: “Jamás me separaré de vosotras”.

 

 

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