A la deriva
Vivimos tiempos raros. Tiempos en los que el mundo parece estar al revés y la madre naturaleza responde dolorida con llantos y gritos que generan caos por donde quiera que pasa su lamento.
Ahora un traicionero, machista y pernicioso beso puede llegar a confundirse con el abuso sexual, el acto más aberrante que un hombre puede cometer contra una mujer.
El ego campa a sus anchas y no queriendo reconocer el error cometido, el malhechor emprende una huida hacia delante, hasta que acorralado no le queda más opción que rendirse.
Las normas cada día son vulneradas por sus propios ejecutores, hijos de aquellos que un día lucharon con esfuerzo por la democracia, la paz y la libertad, a cambio de pasar más tiempo en el poder.
Los valores, la fe, la empatía y el esfuerzo, cada día se arrinconan en el olvido.
La tristeza, más que tristeza impotencia, es la pasividad social con la que vemos pasar el caos ante nosotros. Nos conformamos con ir tirando, que no nos falte trabajo, el día a día y los festejos los fines de semana. El resto, el futuro de nuestros hijos, nuestra última etapa, esa por la que se supone que cada uno se levanta por la mañana, queda a merced de un destino incierto por el que siento que no queremos luchar.
Recuerdo un pasado en el que los mayores remaban a una, llevando por bandera la unión, la democracia como timón y el futuro de sus hijos fijado en el horizonte.
Pero ahora…. ¿A que deriva nos llevan?

Foto de Sergi Dolcet Escrig en Unsplash