La igualdad real se construye entre todos
El año pasado tuve la oportunidad de hablar sobre discapacidad en un colegio. Al recordarlo un año después, estoy aún más convencida de que es imprescindible acercar y divulgar este tema a edades tempranas.
La igualdad real debe ser un hecho y, ahora que nuestra Constitución celebra 47º aniversario, me pregunto si la juventud de hoy conoce los principios de nuestra Carta Magna y comprende realmente el significado de igualdad real.
En su artículo 9.2, la Constitución reconoce la igualdad como un principio jurídico; pero también la define como un compromiso de todos.
La igualdad real no es solo un ideal escrito: implica que existan condiciones y accesibilidad adecuadas. También que existan los apoyos necesarios para que todos podamos tener igualdad de oportunidades.
A las personas con discapacidad, no nos sirve tener reconocidos derechos. Si siguen existiendo barreras físicas, sociales o actitudinales, no podemos vivir con normalidad.
La educación, según el artículo 27 de la Carta Magna, es un derecho, no un privilegio. Por eso debe asegurarse que todo sea accesible: lo físico, lo cognitivo y lo social.
Los apoyos y adaptaciones, no son favores, sino derechos.
Del mismo modo, el artículo 35 reconoce la libre elección de profesión y la necesidad de una remuneración digna. Para las personas con discapacidad, esto significa tener de verdad las mismas oportunidades para trabajar.
También implica contar con ajustes razonables que permitan acceder, permanecer y progresar en el empleo. Un trabajo digno favorece la autonomía, la inclusión y la participación social.
La discapacidad se aborda de forma expresa en el artículo 49. Tras actualizar el término “minusválido” por “personas con discapacidad”, la Constitución da un paso importante en el lenguaje.
Ahora reconoce nuestros derechos de una forma más respetuosa y coherente. Pone el foco en la accesibilidad, la participación social y la autonomía personal. Porque no es la discapacidad la que limita derechos, sino la falta de accesibilidad y oportunidades.
Y mientras pienso en todo esto, vuelvo a aquella charla que di en el colegio. Recuerdo las miradas curiosas, las preguntas sinceras y la naturalidad con la que los niños entendían la diversidad. La verdadera igualdad empieza ahí, en la educación, en la conciencia que sembramos en la infancia.
Si queremos una Constitución viva que se sienta en las calles y no solo en los libros, debemos seguir hablando, mostrando y construyendo inclusión Porque cada conversación, cada aula y cada gesto cuenta.
Aquella charla me demostró que el cambio es posible…. Y empieza mucho antes de lo que imaginamos.