Recuperando el sexto sentido
El valor perdido del sentido común
Se entiende por sentido común el conjunto de experiencias, conocimientos y creencias adquiridas, no solo por una persona, sino por un cúmulo de ellas: familia, amigos, comunidad, país o incluso países.
En plena crisis sanitaria, económica y social, vi cómo este sexto sentido se diluía entre comparaciones, ideas opuestas y voces en caminos distintos.
Me preguntaba entonces: si son la vista, el oído, el tacto tan importante en nuestra vida, tanto que su falta nos incapacita, ¿Cuánto significado debemos darle a este otro sentido?
Su ausencia crispa, hace que lo construido con esfuerzo de todos caiga igual que endeble castillo de naipes.
Yoritomo Tashi, lo define como el arte de resolver problemas, no de plantearlos.
Apliquémoslo.
Hace cinco años escribí este post.
Entonces pensaba que estábamos perdiendo el sentido común. Hoy sigo creyendo que no hemos sabido encontrarlo; que un mar de ruidos nos aleja de encontrarlo.
Me pregunto por qué, si tenemos todo a nuestro alcance, a tan solo un clic. Pero algo falla. Tal vez nos hayamos conectado tanto al mundo que hemos dejado a un lado lo más esencial: La libertad.
Autonomía de pensar, de sentir. Decidir por nosotros mismos.
¡No hemos aprendido nada!
Aquel sentimiento de afecto y conexión con los demás se fue quedando atrás. Avanza la tecnología, en cambio, se desvanece la humanidad. Nos inunda tanta información, pero nos falta criterio.
Confundimos saber con entender, mirar con ver y oír con escuchar.
Ese es el problema.
Hemos ganado en progreso, pero se han dejado atrás los sentidos, sobre todo el más importante: el común.
Puede que aún estemos a tiempo.
El sentido común no desaparece, solo se adormece si dejamos de practicarlo.
Busquemos construir y no dividir, juzgar menos, comprender más. Despertemos ese sentido en cada gesto sencillo, en decisiones cotidianas.
No necesitamos más velocidad, más inteligencia ni más tecnología, sino volver a lo básico, a lo humano, a ese sexto sentido que nos recuerda que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos.
Apliquémoslo –ahora sí– no como una frase, sino como una forma de estar en el mundo.