Alza la mirada. Mírate
Durante la semana del 6 al 12 de junio, el Papa León XIV ha visitado nuestro país. Bajo el lema Alzad la Mirada España, que a veces se torna fría e indiferente puede que tratando de buscar sentido a tanto sinsentido, se ha lanzado a la calle a recibir al pontífice.
Numerosos han sido los actos donde se nos ha llamado a ser misericordes y tener una fe siempre viva; a ser transmisores de concordia y paz. Entender que somos hermanos, no amenazas.
Para mí, este lema también ha sido un espejo puesto delante, Un reflejo que nos pregunta quiénes somos, qué estamos dejando a un lado y dónde ponemos nuestras esperanzas.
Alzar la mirada suena esperanzador, incluso luminoso. Pero adquiere otro tono cuando se nos pide dirigir la atención hacia dentro. Si solo ponemos los ojos en los demás, ¿miramos de verdad?
Más allá de su dimensión social y espiritual, el lema de la visita de León XIV a España deja también una interpelación personal.
Después de días de emociones intensas y sentimientos al descubierto, el ruido baja y algo empieza a resonar dentro.

Una mirada incómoda
Mirar de forma íntegra exige verdad interior. Reconocer sombras y miedos. Nuestros propios prejuicios, durezas e indiferencias. Solo así podremos mirar al otro con misericordia.
La fe de estos días no debería quedarse simplemente en una emoción compartida. Implica además una revisión interior, una disposición a dejarse transformar.
Alzar la mirada también significa abandonar posturas cómodas, cerradas y encogidas. Apartar la distracción, la justificación y la apariencia, para atrevernos a afrontar preguntas de fondo frente al peso de lo inmediato.
Es curioso: siempre me he cuestionado por qué no soy capaz de escuchar a Dios. Sin embargo, en esos días, estando de vacaciones y contemplando el mar al atardecer sentí un susurro interior, casi imperceptible: Alza la mirada. Entonces entendí que muchas veces lo busco en lo extraordinario, cuando en realidad se deja sentir en medio de lo cotidiano: entre los nuestros, en el paso de cada día, en esa presencia sencilla que sostiene la vida y en la que, sin darme cuenta, también mis heridas, mis miedos y mis dudas encuentran alivio.
