Propósito: más que una meta
Se define el término propósito como el ánimo o la intención de hacer o no hacer algo. El objetivo o meta que cada uno quiere conseguir.
De ellos, se cargan las primeras semanas del año: Dejar de fumar, volver al gimnasio, retomar hábitos saludables, deseos pendientes, aspiraciones…. Todo aquello que nos dirige y nos hace conectar el presente y el futuro.
También se define como la energía de un vehículo o dispositivo mecánico.
Sin embargo, el propósito no es solo un lugar al que llegar. También puede entenderse como la energía que nos pone en movimiento. Esa fuerza que nos permite avanzar, incluso cuando el camino se hace cuesta arriba.
Cuando los planes cambian, los límites se hacen cada vez más presentes y tu ritmo es distinto al de los demás, el propósito deja de ser una meta para cumplir otra función: sostener tus días.
Esto ocurre especialmente en situaciones de desempleo, falta de estructura familiar, problemas de exclusión social o discapacidad. En estos contextos, el propósito pasa a ser la clave para no perder tu orientación vital, tu sentido.
Aquí, esa mágica intención necesita sostenerse en la rutina: Una herramienta que nos permite habitar el tiempo, construida de forma consciente y que da sentido a lo cotidiano.
Para mí, el mejor de todos los propósitos es la suma de rutina, constancia y esfuerzo.
No como una exigencia, sino como una forma de sostener el día a día, seguir intentándolo, incluso cuando no hay garantías.
Porque lo único verdaderamente imposible es aquello que no se intenta.