La vida cambia en un instante. Lo estamos viviendo de cerca, una vez más, estos días tras la terrible Dana que ha azotado buena parte del levante español. Con más de doscientos muertos, más de mil desaparecidos y un sinfín de familias que han perdido a conocidos, hogares, negocios y recuerdos bajo el agua, los que no podemos hacer otra cosa que rezar y aportar, desde lejos, un ínfimo granito de arena, esperamos noticias mientras nuestro corazón se encoge ante tanto dolor.
Ya a primera hora del martes 29 las predicciones meteorológicas apuntaban lluvias que hacían activar el nivel rojo de alerta, pero, aun así, la vida transcurría con normalidad. No puede ser para tanto… “a lo largo de la tarde irá disminuyendo”, pensábamos convencidos de que solo sería otro día lluvioso.
¡Qué equivocados estabamos! A media tarde, todo se desborda. Ríos, barrancos, arroyos. El agua reclama su lugar. Sin importarle nada ni nadie, busca su sitio, ese que siempre ha sido suyo.
Las alertas que se deberían haber lanzado a primera hora de la mañana llegan tarde, demasiado tarde, cuando ya no hay escapatoria. En el coche, volviendo a casa, en el trabajo…. En casa.
A veces subestimamos o incluso nos burlamos de la madre tierra. Ella, sumisa y paciente, soporta embistes y aberraciones en silencio. El hombre, que siempre se cree superior, no espera respuesta a tantos desaires. Edifica, descuida bosques, no limpia maleza. ¿Para qué? Sin embargo, a veces, los elementos de la naturaleza salen en su defensa, sin importar quien, donde, como y cuando. Recordándonos que no somos dueños, sino simples inquilinos.
Y mientras los gobernantes insolidarios se echan la culpa los unos a los otros, es el propio pueblo quien ayuda al pueblo con largos senderos de solidaridad y empatía.
Al final, cuando todo se desborda, lo único que nos salva es la humanidad que nos une y la esperanza de volver a levantarnos.

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