Cuéntame otro episodio
Llegó sofocada. Había estado jugando un partido de voleibol en Mérida y me convenció para que después del partido fuéramos a esa tienda tan famosa de ropas donde les había echado el ojo a unos botines negros.
–Venga, tita –roneó–, no me has comprado nada para mi cumpleaños. ¡Me lo debes!
Es cierto, envuelta en mil quehaceres, ese trece de noviembre se me fue el santo al cielo. Así pues, el viernes en la comida en casa de la abuela, me convenció para pasar la tarde del sábado juntas y de compras.
Me insistió que la esperara en casa, ella llegaría sobre las seis y se vendría directa por mí.
Sin embargo, caprichos del destino y de una cálida sobremesa decidí salir a tomarme un café y un dulce aprovechando que el frío aún nos da tregua. Sabía que tenía tiempo de sobra antes de que ella llegara para ir y volver con el sabor dulce de la merienda.
Cuál fue mi sorpresa que al regresar de vuelta para esperar a mi niña una silueta de una joven de su misma edad, estatura y cabello llaman mi atención. No puedo creerlo, es ella, mi niña, ya casi una mujercita, dejaba como un chico de su misma edad le apartara con ternura el pelo de la cara.
No quise estropear el momento, aún tengo presente aquellos pulgares al cielo que sacó su padre de la sala de partos hace catorce años anunciando su llegada, así que seguí el plan acordado.
Horas más tarde, al salir de la tienda con la bolsa de esos botines negros, el destino nuevamente hace de las suya. Esta vez, el joven galán que apartaba el pelo a mi niña se topa con nosotras de frente. Apenas cruzan la mirada, solo un tímido saludo rompe el hechizo.
–¿Quién es ese chico? –pregunto burlona.
–¿Eh? ¡Oh, un compañero de clase! – dice mientras su rostro se enrojece.
–Anda, cuéntame otro episodio, que ese ya me lo sé.
