Un abrazo y unas palabras en voz baja

Un abrazo y unas palabras en voz baja

Un abrazo y unas palabras, era todo lo que ella necesitaría al llegar a casa. Los anhelaba sentada en aquel solitario vagón de metro que, en tan solo un par de horas, se volvería a llenar de bullicio y gente. Aunque nunca de la misma forma, nunca de la misma manera que antes de aquel catorce de marzo.

¡Cuánto ha pasado desde entonces! Ella no se atrevió a volver al pueblo, quiso quedarse en primera línea de batalla. Así protegía a los suyos, a pesar de que los echaba infinitamente de menos. Sus risas, sus bromas, sus abrazos….

La tecnología a veces no basta, se decía mientras salía de aquella boca de metro que desembocaban en la plaza.

Ya no estaba Manuel, el barrendero, que siempre, al verla aparecer tan solitaria, la acompañaba hasta casa desde la esquina del teatro. Ni tampoco Josefa y sus hijos que no han soportado el peso de una crisis teniendo que echar el cierre a casi cuarenta años de desayunos, comidas y cenas entrañables.

Había llegado un año atrás, recién terminada la especialidad de enfermería y dispuesta a cubrir aquella baja con ilusión. Siempre había sido una chica positiva y llena de esperanza, pero hoy todo se le hacía cuesta arriba. Sus sueños se desmoronaban.

Habían sido cinco los enfermos ingresados por ese maldito bicho durante su guardia en la UCI del hospital. Uno de ellos, el más mayor, había fallecido ante ella.

Sonaban las siete menos cuarto cuando metió la llave en la cerradura de su portal.

Suspiró cansada, solo la reconfortó el olor de café recién hecho.

—¿Café a estas horas? —Se preguntó extrañada mientras subía las escaleras hasta su pequeña boardilla.

No sabía quién podría estar haciendo café en ese pequeño bloque de pisos en el que solo vivían estudiantes.

Sin embargo, cada vez que subía más y más hacia su pequeño apartamento ese dulce olor se hacía más penetrante.

No hizo falta volver a meter las llaves en la puerta. Alguien la abrió desde dentro.

Se impresionó, y salto hacia atrás asustada hasta que reconoció aquel rostro.

—¡Julio! —Fue lo único que pudo decir antes de echarse a llorar.

—Todo irá bien, mi amor— Julio la abrazó y le susurró en voz baja. — No lo dudé al leer tu mensaje.

—¿Te has hecho casi 500 kilómetros por eso? —María se secó las lágrimas. —¡Estás loco! —dijo antes de volver a perderse en su abrazo.

Aquél primer fin se semana de septiembre un abrazo y unas palabras en voz baja hicieron que las esperanzas de María no se perdieran. 

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