¿Eres feliz?

¿Eres feliz?

Una pregunta inesperada

Hace poco en una de esas calurosas mañanas de verano al salir del gimnasio, acalorada y cansada, pensando como siempre en mis cosas, no dudé en sentarme a tomar un refrigerio en el lugar de costumbre. Aún no estaba toda la terraza puesta, cuando Julio, el camarero, un chico de mi edad, alegre y guasón, antes de tomarme nota me preguntó así de sopetón:

“Sonia,  eres feliz?” “¿Te sientes realizada?”

“Sí. Creo que sí”, contesté de manera espontánea.

Durante los días siguientes, aún hoy, la pregunta sigue resonando en mi cabeza.

El interrogante de Julio me hace pensar que no se necesitan grandes cosas para sentirse realizada.

A mis cincuenta años y con una discapacidad  severa, mi vida no ha seguido el camino que imaginé. Y aunque, a veces escuece, ¿por qué debería medir mi realización con los mismos parámetros con los que calculamos el éxito?

¿Cómo se mide el valor de una vida?

¿Teniendo independencia?

¿Hijos?

¿Dinero?

¿Reconocimiento?

¿Metas cumplidas?

 Puede que el sentido de la vida no esté en ninguna de esas cosas. Quizás no se escriba en los renglones de un curriculum, en los números de la cuenta bancaria o entre la lista de objetivos cumplidos.

Sentirse realizado no consiste en tener que marcar todas las casillas que la sociedad considera éxito, sino en poder mirar la vida y reconocer que con sus luces y heridas es tuya, tiene sentido para ti.

Mi camino no es como lo imaginé.

Pero me ha llevado a liberar mis sentimientos a través de las letras. Pasados los cincuenta, no pierdo la ilusión en mil sueños, proyectos e ideas que me quedan por hacer. Mi afán por aprender sigue intacto. Las personas que se cruzan en mi camino me ayudan a crecer cada día y seguir con paso firme.

Quizá ahí esté mi respuesta.

Quizá sentirse realizado no significa haber llegado a donde un día pensaste que llegarías, sino seguir teniendo motivos para levantarte, curiosidad por aprender, personas con las que compartir, proyectos que imaginar y ganas de seguir caminando.

Por eso, cuando llegue septiembre y con él esa sensación de empezar de nuevo, quizá no necesitemos llenar una lista de grandes propósitos.

Quizá baste con preguntarnos qué queremos vivir, qué queremos aprender, qué queremos aportar y qué sueños todavía nos quedan por cumplir.

Porque la vida no siempre sigue el camino que imaginamos.

Pero eso no significa que no pueda llevarnos a lugares maravillosos.

Y ahora, cada vez que recuerdo aquella pregunta de Julio, creo que puedo responderla con un poco más de seguridad:

Sí. Creo que soy feliz.

Y, sobre todo, creo que todavía me queda mucho por construir.

 

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