Aquél 11 de marzo

Aquél 11 de marzo

Como todos los días su despertador sonó a las 5.30.h, se desperezó. Mañana ya es viernes pensó cansada en una semana larga entre reuniones, conferencias, mascarillas y distancias sociales.

Se arregló en un santiamén, le dio dos sorbos al café y optó por llevarse el croissant para comérselo durante el trayecto hasta el bufete que estaba detrás de la estación de Atocha. Cogió las llaves, su cartera y el móvil, al encenderlo para ver si había algún whatsapp nuevo, el corazón le dio un vuelco. Bajo el reloj que marcaba las 6.20 a.m. una fecha, 11 de marzo.

Mientras recorría el camino hasta la estación recordó la ultima vez que ella y Luis cerraron la puerta de casa juntos para dirigirse al tren que cada día los llevaba al despacho de abogados donde se conocieron, ella como becaria y Luis, que ya llevaba un par de años en el despacho. Casualidades del destino, ambos cogían desde siempre el mismo tren. Sin embargo, nunca habían coincidido. No fue hasta que la mirada de uno se perdió en la del otro que supieron que compartían tren, trabajo y destino. No se separaron desde entonces. Luis decidió irse a vivir con ella y así transcurrieron los últimos cuatro años. Juntos, inseparables haciendo planes de futuro pensaron recorrer el mundo juntos tan solo con una mochila. Lloraron la muerte de sus padres y se imaginaron aquel dúplex lleno de niños…

Aquel 11 de marzo, justo antes de bajar del tren, Luis le susurró:

—¡Casémonos de una vez, Inés!

Antes de que pudiera decir nada … Un estruendo… Luego la oscuridad.

Se despertó una semana después, asustada, llena de cables por todos lados, buscaba el rostro de Luis, pero solo encontró heridas, dolor y ausencia.

 Aunque se volvió más solitaria, diecisiete años más tarde, Inés había luchado incansable para superar aquella tragedia. Su cojera apenas se notaba, había logrado volver a empezar a correr y, sobre todo, a coger el mismo tren que la llevaba al despacho de abogados, detrás de la estación de Atocha, del que ahora era socia.

Sin embargo, no había dejado de sentir en su corazón el vacío silencioso que habitaba en aquella casa y en su vida desde que Luis ya no estaba.

Como todos los días, puntual el tren parte a Madrid a las 6.30 a.m. Inés abre la envoltura de su croissant para darle un bocado cuando Pedro, un cartero que al igual que ella coge el mismo tren desde siempre, le ofrece uno de los dos vasos de plásticos que tiene entre sus manos.

– Siempre te veo sola en el tren… ¿Puedo invitarte a un café?

Desde aquel día, muy despacio, al ritmo que lleva el tren, el vacío corazón de Inés se fue llenando.

En recuerdo de todos los que se fueron.

A los valientes que luchan por superarlo.

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