El calor de una velada

El calor de una velada
El sonido de un whatsapp me sacó del artículo 62 del procedimiento administrativo común. Mi tío Fernando mandaba una foto de hace casi tres años cuando un sábado de julio, una perfecta noche de verano, el bautizó de María nos llevó a una mágica velada en uno de los hoteles más conocidos de Sevilla.

El recuerdo memorable de aquel día, la llegada al hotel, nuestra comida en aquel restaurante en las entrañas de la ciudad y las ultimas copas de la noche en el Hard Rock café, hizo que me embargara la tristeza por completo.


Tres años después, la vida se ha vuelto del revés, más oscura. Vemos crecer a María, a la que ahora se le une el pequeño Manuel, a través de la pantalla de un móvil con la incertidumbre impuesta en los corazones de no saber cuándo volveremos a sentir sus risas al menos, a dos metros de distancia.
Ya hace un año que el bicho, el coronavirus, entró en cada una de nuestras casas arrasando todo orden establecido. Nos enseñó distancia, mascarillas, aislamiento, nos condujo hacia un estado de alarma que hoy en día no sabemos a ciencia cierta cuando tocará a su fin.


Pero nada se ha aprendido. Son incesantes las olas de contagios y muertes que suben y bajan al ritmo que marca la imprudencia y la falta de respeto de aquellos a los que no les duele la ausencia, ni tan siquiera el mañana, solo se preocupan de su estado de bienestar compuesto por alcohol y juergas.
Tambien la economía se merma sin remedio.


Nadie sabe cómo encontrar el camino. Tal vez no éramos conscientes de que teníamos todo a nuestra mano y nunca hemos sabido apreciarlo.
Casi tres años después de aquel día en Sevilla, echo de menos a los míos, su calor en una velada cualquiera.

Va por vosotros.

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