Un regalo inesperado
Siempre le gustó ese día. Las rosas, los bombones, los regalos, la lencería fina… Como la romántica empedernida que era, San Valentín era su fiesta preferida. Nunca lo había celebrado hasta que conoció a Lolo. Él, en su primer año de novios, se presentó a las ocho de la mañana envuelto en una espesa niebla en el portón de su casa con un ramo de rosas.
Los años pasaron. Él no era un hombre de grandes gestos románticos, pero siempre había pequeños detalles. A veces un café con un corazón dibujado en la espuma, otras, una nota en la mesa antes de irse a trabajar. Aunque la chispa no acababa de prender, se casaron con la esperanza de recorrer juntos el camino de la vida.
Los deseos de Lolo por ser padre se vieron truncados por el tumor uterino de Laura. Y, aunque nunca lo dijo en voz alta, ella notaba como él se alejaba poco a poco, como si su amor estuviera atado a la posibilidad de un hijo que nunca vendría. Pronto, una pared de hielo y silencios se instauró entre ellos.
Entonces llegó la pandemia. Ese encierro logró lo que el tiempo no había podido hacer: acercarlos de nuevo. Entre risas, días de cocina, tardes de ejercicio y aplausos desde el balcón la distancia se fue acortando. En las noches, volvían a encontrarse enredados entre conversaciones y caricias. Laura creyó que había vuelto descubrir una la forma de amarse sin condiciones.
Con esa certeza, decidió que aquel San Valentín sería especial. Salió de compras el día anterior sin escatimar en detalles. Una cena romántica en casa, pétalos de rosas esparcidos por la cama, el mejor cava, fresas, y aquel conjunto de lencería con el que se imaginó en los brazos de su amor.
Iba tan ensimismada en su ilusión que, al pasar por un restaurante, se quedó observando a una pareja que no paraba de besarse tras brindar con vino. Ella se permitió sonreír imaginando la noche que le esperaba, hasta que se fijó en un detalle imposible de dejar atrás: él.
Lolo, su marido, besando apasionadamente a esa mujer.
Las bolsas cayeron de sus manos, el cava se estrelló contra el suelo, empapando los pétalos y la lencería que minutos antes representaban su esperanza. Pero nada de eso importaba. Porque lo único que veía era la mano de Lolo acariciando un vientre redondeado, colmado de vida.
Aquella noche, mientras conducía hasta el pueblo de sus padres sonrió con amarga ironía mientras escuchaba en la radio:
“El 71% de los infieles planean ver a sus amantes el día 13 de febrero, ya que el día 14 tienen que salir con sus esposas”.
