La chispoleta

La chispoleta

Noche calurosa de finales de  agosto. Tras llegar de la piscina, ducha y demás toca recoger la ropa que está en la mesa. La doblo y abro el cajón. Esbozo una sonrisa al verla allí.

En aquellos años todavía no existía Whatsapp, así que las pequeñas cosas, como aquella, se repartían a todos.

A tan solo apenas tres semanas de su boda, verla con esos dos quiquis hechos por su madre, sus dos ojos alegres y su carita redonda me hizo susurrarlo:

 La chispoleta.

Hasta que llegaron los demás, ellos fueron los reyes de la casa y el corazón de abuela.

Recuerdo el sonido de aquel portón. Sabíamos que si se abrían las dos puertas es porque su carrito, o el del pequeño Fernando llegaban a la casa. Todos queríamos achucharlos, cantarles canciones y reírnos con sus cucamonas.

Sin embargo, ella siempre será especial. 

Lista, vivaracha, despierta, así se define la chispoleta. Tal y como es. Una amante de su familia y amiga de sus amigos. Apasionada del baile y de su profesión: Maestra.

Una chica con un corazón inmenso. Tan grande que el día que nació la puso a prueba. A ella y a sus padres.

Me vienen a la cabeza aquellos días de incertidumbre hasta que con apenas unos meses la operaron a corazón abierto y como aquel carnaval, todos hicimos fuerza porque sus riñones volvieran a funcionar.

También recuerdo su bautizo en aquella nave, todos juntos, y la aparición de Pluto, Donald, Mickey el día de su comunión volviéndola mágica.

Y como me agarré a su brazo no hace mucho, para acercarme al féretro y despedir a la tía Fermi.

A tan solo dos semanas de su boda no me imagino a mi tío Carlos llevando a Pilar al altar.

Quizá por eso, en estos días de tanta emoción no veo sólo a mi prima Pilar, sino a la chispoleta que desde muy pequeña nos enseñó que hay corazones que nacen para ser muy, muy grandes.

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