Abrió la puerta de su apartamento y encendió la pequeña lamparita del recibidor.
Ya era casi de noche y tras soltar la mochila y colocar cuidadosamente la urna en la estantería, resopló mientras se dejaba caer en el sofá.
Puso en orden todo lo que había pasado aquel fin de semana.
El pequeño funeral que sus amigas le prepararon, la soledad de trasladarla hasta el crematorio para luego esperar a recoger aquellas cenizas.
¿Qué había sido de aquella mujer a la que un día, cuando sus padres y ella se trasladaron a la ciudad, dejó con lágrimas en los ojos apoyada en el quicio de la puerta?
A su memoria venían fugaces recuerdos de infancia, en los que se veía con aquella mujer envuelta en mil juegos y risas.
De un brinco saltó del sofá para buscar entre las bolsas una caja que una de las vecinas le dio.
Al abrir aquella caja encontró un sobre con su nombre. El olor del papel le hizo recordar como aquella mujer la enseñó a leer y la acompañó en sus tardes de deberes y estudios:
«Mi querida Mariam:
Me hubiera gustado dejarte como herencia mil tesoros.
Mi legado es humilde y noble, no tiene grandes riquezas que interesen.
Sin embargo, han hecho de mí la persona más rica y afortunada del mundo.
Tu tía que te quiere»
Antes de abrir el paquete que estaba en el fondo de la caja, se preguntó qué podría hacer rica y afortunada a una mujer que por diferentes motivos no pudo salir de aquel pequeño pueblo y que vivía de una manera austera.
Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando al abrir el paquete descubre un libro, publicado y editado años atrás. Una historia titulada «Mis tardes con Mariam, relatos de una infancia».
Aquel día Mariam, una joven guapa, noble y que tenía todo lo que deseaba, descubrió que no importa cuánto tienes, cuánto haces o cuánto vales, sino la huella que dejas en aquellos que te encuentras en tu camino.

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